del amor y otras pasiones


Hace ahora un siglo, Gustav Mahler y su esposa Alma vivían una tormentosa relación con abundantes celos e infidelidades, que trataron de salvar recurriendo a Sigmund Freud

Un compositor y director de orquesta obsesivo, perfeccionista y genial. Una mujer inteligente y bella, con temperamento artístico y un atractivo irresistible para los hombres. Uno de los intelectuales y ensayistas más célebres de todos los tiempos, creador del psicoanálisis. Sus vidas se cruzaron en la primera década del pasado siglo en Viena, que entonces era un hervidero donde se engendraban las vanguardias. Ellos eran Gustav Mahler, Alma Schindler y Sigmund Freud y protagonizaron el culebrón más célebre de la historia de la cultura: una trama de seducción, amor, infidelidades, arte, impotencia, éxito, celos, dolor y muerte que parecería inverosímil si no fuera porque está documentada en todos sus aspectos. Ahora se cumple un siglo del final de una historia de amor que acabó en la consulta del psicoanalista y coinciden en el mercado algunos libros que se centran en la figura de sus personajes. Nunca la vida, el amor y la muerte se encarnaron en personalidades tan fuertes. Nunca su lucha fue tan feroz ni produjo obras tan notables.Gustav Mahler conoció a Alma Schindler en noviembre de 1901. Las suyas eran dos personalidades arrolladoras, incendiarias, que estaban condenadas a consumirse en una pasión devastadora. Él tenía 41 años y ya era para entonces un compositor y director que había alcanzado la cima, al ser nombrado en 1897 máximo responsable de la Ópera de Viena, pese a la oposición de algunos grupos antisemitas encabezados por la viuda de Wagner. Para acceder a ese puesto, Mahler, que era judío, se convirtió al catolicismo. En la Ópera dirigió conciertos memorables y producciones escénicas que marcarían una época. Además, aprovechaba las vacaciones de verano para encerrarse a componer unas sinfonías largas y complejas destinadas a ser el puente entre el Romanticismo y la música contemporánea. Cuando conoció a Alma, tenía en la mesa de trabajo los primeros movimientos de su Quinta Sinfonía. El verano siguiente, embriagado de éxito profesional y personal, escribiría el delicado Adagietto que Visconti hizo popular en Muerte en Venecia.

Todo lo que tenía de riguroso, audaz y genial en su faceta artística eran carencias en el aspecto afectivo. El músico había tenido algunas relaciones en sus años de juventud. Una de ellas, con una mujer casada, la esposa de un nieto del compositor Carl Maria von Weber, con la que llegó a planear una huida que no se llevó a cabo porque ella no se presentó en el tren donde debían escapar a otro país. Aventuras de escaso calado, porque a los 41 años vivía con su hermana, la única persona que parecía capaz de soportar sus muchas manías. Dicen sus biógrafos que ella a cambio gastaba a ritmo notable el elevado salario que el músico cobraba por su trabajo en la Ópera.

Alma tenía 22 años cuando se encontraron por primera vez durante una cena de amigos y artistas. Era hija del pintor Emil Schindler y la cantante Anna von Bergen. Por su casa pasaban muchos de los artistas del momento, y allí conoció a Gustave Klimt, el autor de El beso. El pintor hizo varios retratos de la muchacha cuando aún era una adolescente. Según algunas biografías, fue su primer amor. Antes de conocer a su primer marido, Alma mantuvo relaciones amorosas con el director de teatro Max Burckhard (quien, igual que Klimt, era mucho mayor que ella) y Alexander von Zemlinsky, que fue su profesor en la Nueva Escuela Vienesa de Compositores. Parece que Brahms tuvo algo que ver en el inicio de este tercer noviazgo. Otro hombre famoso surge en el horizonte en esos años: Arnold Schoenberg, pero en este caso todo indica que hubo sólo amistad.

Años de felicidad

Aquel día de noviembre de 1901 en que Gustav Mahler y Alma Schindler coincidieron en una reunión cambió la vida de ambos. El compositor quedó totalmente deslumbrado. Había oído hablar (toda la Viena artística estaba al tanto) de aquella joven inteligente, temperamental, dotada para el arte… y muy bella. Y la muchacha había visto de lejos, en la calle y desde los palcos de la Ópera, al director de moda. En las siguientes semanas, se vieron con frecuencia. Ella le dijo que también componía y le enseñó algunos de sus trabajos. Seguramente no esperaba la reacción del músico: éste le dejó muy claro que si quería seguir junto a él debía dejar de componer. Como quiera que de inmediato empezaron a planear su boda, fue como un contrato: en su casa sólo había sitio para un compositor, y con el peso de la diferencia de edad y el prestigio que él se había ganado era evidente quién debía renunciar.

Se casaron a comienzos de marzo de 1902, cuatro meses después de su primer encuentro. Antes de que finalizara el año nació su primera hija, María. Fueron meses de felicidad para la pareja. En aquel verano irrepetible de 1902, Mahler concluyó su Quinta Sinfonía. De su Adagietto diría que era un retrato de Alma.

Parecía imposible mayor felicidad. El compositor triunfaba en Viena y en otras capitales europeas. Muchas veces, Alma lo acompañaba en sus giras. Juntos cenaban en los mejores restaurantes. Juntos recibían en la calle las muestras de admiración de los melómanos. Juntos suscitaban la envidia de la sociedad vienesa por su éxito y su amor. En 1904, nació Anna, la segunda hija. Por entonces, Mahler ya había terminado la Sinfonía N° 6 y ultimaba la N° 7 y una colección de melodías titulada Canciones para la muerte de los niños, sobre poemas de Rückert. Un homenaje a sus nueve hermanos muertos en la infancia y el dolor de una madre que los enterró uno tras otro y al padre de todos ellos siendo aún muy joven. A Alma no le gustó nada aquella música. Más tarde, cuando la pequeña Maria murió, a los cinco años, le culparía directamente de haber atraído a la Parca hacia su casa.

Celos e impotencia

La larga agonía de la niña, víctima de la difteria, alteró todos los equilibrios emocionales de Mahler. Su mujer perdió el hijo que esperaba, él entró en una depresión que derivó en impotencia y al día siguiente del funeral un médico le diagnosticó la enfermedad cardiaca que habría de terminar con su vida. Además, las presiones de los sectores más furibundamente antisemitas lo obligaron a dejar la dirección de la Ópera de Viena. Corría el año 1907 y la etapa de dicha parecía terminada.

Alma no tardó en buscar fuera lo que no encontraba en casa. Tras algunas relaciones muy breves, se enamoró del arquitecto Walter Gropius, fundador de la Bauhaus y cuatro años más joven que ella. El amante, con el ímpetu de la juventud, le escribió un día una carta en la que se refería con todo detalle a los momentos de intimidad vividos. Ni corto ni perezoso, se la envió a su casa. Nunca se sabrá si fue un error o fue intencionado, pero el destinatario de la carta era el Sr. Mahler, y no la Sra. Mahler. El compositor la abrió y confirmó todas sus sospechas de marido celoso.

Entonces, decidió recurrir al psiquiatra más famoso de su tiempo: Sigmund Freud. Aquella reunión estaba destinada a ser un choque de genios y de egos, y en dos ocasiones la cita no llegó a producirse. Finalmente, el creador del psicoanálisis aceptó a regañadientes recibir al músico en la ciudad holandesa de Leyden, donde se encontraba de vacaciones. Durante toda la tarde, en un larguísimo paseo, Mahler se confesó: reconoció sus miedos, sus complejos y su temor ante la muerte; reconoció también que entendía que su mujer buscara en otro hombre lo que él, por sus episodios de impotencia, rara vez podía darle. Mucho más tarde, Freud escribiría que el músico había comprendido antes que nadie las claves del psicoanálisis. Por su parte, éste le dedicó un poema: «Las sombras de la noche fueron disipadas por una palabra poderosa. / El incansable tormento terminó. / Al final unido en una sola cuerda / mis tímidos pensamientos y mis tempestuosos sentimientos se mezclaron».

Un diagnóstico y un trío

El diagnóstico tranquilizó a Mahler: Freud le dijo que él buscaba en su esposa algunas características de su madre y que la edad no era un obstáculo porque ella también se había unido en su juventud a hombres maduros (la explicación era que su padre había muerto cuando era una niña). El músico regresó a Viena y dio a elegir a su mujer: Gropius o él. Ella contestó que no pensaba abandonarlo. Pero también sugirió que su relación con el joven arquitecto iba a continuar. De hecho, poco después se fue a París, donde había quedado con su amante. En sus cartas de aquellos años hay más de un apunte sobre los encuentros entre ambos, y en ellas confiesa también que fue el primer hombre con el que halló una satisfacción sexual plena.

Mahler aceptó tácitamente el trato. Incluso mejoró su relación con Alma: le dedicó la Sinfonía N° 8, que iba a estrenar poco después, y la animó a componer. También parece que la impotencia remitió. En un ámbito más mundano, empezó a permitir que se comprara ropa con una cierta frecuencia. Hasta entonces, ella debía acudir a fiestas y actos sociales casi siempre con el mismo vestido, mientras él lucía trajes caros.

El músico murió el 18 de mayo de 1911. La enfermedad se había agravado mientras estaba de gira por EE UU y tomó la decisión de regresar de inmediato a Europa. Durante su viaje en tren por el continente, los aficionados salían a las estaciones donde el convoy se detenía para despedirse. En Viena hubo una enorme conmoción. En un ejercicio de hipocresía, quienes habían presionado para que abandonara la dirección de la Ópera se sumaron a los homenajes del último momento. Mahler dejó dispuesto que lo enterraran en la misma tumba en la que reposaban los restos de su hija, y que en la lápida pusieran sólo su apellido. También prohibió a Alma que llevara luto. Y dejó una sinfonía, la número 10, con un movimiento completo y el resto, en esbozo.

Al leer en el periódico la noticia de su muerte, Freud recordó que no había cobrado la consulta de Leyden. Ese mismo día, envió a la viuda una nota con sus honorarios.

de http://www.ababol.laverdad.es

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