“El Sr Uggg!!! Sinfonía a Capella de un Insomne Desquiciado” – Humberto Bas


Mi departamento… Mi departamento.

Composición (de) Mi Departamento.

Mi Depto cuenta con lo necesario para un hombre solitario.

Definición de Hombre Solitario: Homo Saginatae.

Dormitorio, cocina, living, patiecito con horno parrillerro (primer piso) y un balcón enrejado en el que con ganas entraba una persona de perfil.

Una caja de zapatos en el estante del Monobloque. Ladrillos y ladrillos sobre ladrillos debajo de ladrillos al descubierto. Revoques descascarados, costras y polvillos de cemento… Un departamento pegado a otro departamento. 1ro A, 1ro B, 1ro C, 1ro D.  Un vecino solitario junto a otro vecino solitario. Eldel A, Eldel B (Sr Urdanpilleta), Eldel C  (yo) y Ladel D. Soledades contiguas. Un soplo, un empujón y el efecto dominó.

La calle es frontera. Mi calle. Frontera adoquinada. Detrás y de este lado se repliegan las plazas, los barrios, los otros barrios, los batallones, los mausoleos, los paseos, los pasajes, las avenidas, las lúgubres dársenas del puerto, y por encima de todos, los rascacielos.

Del otro lado de la calle el preludio de un horizonte despejado sobre el convento de las Carmelitas. Detrás del convento, el huerto del convento. En el huerto del convento las parcelas con tablones de lechugas.

Lechugas y rabanitos.

Eso. O3:4…

Lechugas y rabanitos y remolachas.

Lechugas y rabanitos y remolachas y zanahorias.

Zanahorias y repollos.

Repollos, tomates, pepinos, berenjenas y zapallitos.

Habillas y porotos. Porotos y garbanzos. Porotos y rúculas y achicorias y perejiles, cilantros y oréganos.

Rúculas, nabos, hinojos, anís, morrones y ajos. Ajos y anís, ajís. Locotes o Morrones. Morrones verdes, rojos y amarillos. Alcauciles o alcachofas y coliflores. Coliflores y brócolis y espárragos. Acelgas, calabazas, achicorias, jengibres, apios y albahacas. Champiñones, trufas, espinacas, apios, apios, apios y arvejas. Apios, berros, puerros, cebollas, cebollas de verdeo y en cabeza, ciboulette, endibia y escarola. ¡Uff!

Alrededor del huerto el cerco perimetral de caña. Pegado al cerco, cajones. Cajones de madera con techitos de paja para los almácigos. Almácigos de lechugas, rabanitos, remolachas, zanahorias…, …, …, ciboulette, endibia y escarola. Almácigos con hojitas lineales, lanceoladas, dentadas, aserradas, acorazonadas, onduladas, lobuladas, pecioladas, aristadas, arponadas, aciculadas, acuminadas, cuneadas, digitadas, espatuladas, flabeladas, trilobuladas, truncadas, obovadas, perfoliadas, oblongadas, oblongadas y oblongadas; estiradas en oblicuángulos, implorando los escasos rayos solares que filtran los ciruelos. Plantines crecidos al amparo de los malditos ciruelos, hojitas pálidas y traslúcidas. Como las monjas. Monjas invertebradas, albinizadas, que toman el rastrillo y lo ponen de culo y montan rebordes en los tablones, diquecitos para contener el agua. Insuficientes rebordes que se desmoronan con los embates de las oleaditas que el viento encrespa. Monjas, monjitas descalzas que van y vienen del huerto al pozo, del pozo al huerto. El pozo con su brocal de ladrillos y el revoque descascarado. Brocal con fisuras enhebradas por raíces de helechos. Brocal con revoque exterior con musgos y yuyitos; perdudilla, ajenjos, verbenas, paicos, ka’a pikys, cepacaballos, cangorozas y jate’i ka’a. El poste del pozo con enredadera; esponja vegetal con la que las monjas monjitas friegan y refriegan sus cuerpitos pecaminosos. Conejitos desmadejados. No caer en la tentación… No subir al deseo. Señoooor, me has mirado a los ojos… Al lado del poste el limonero mundano y testimonial; ácido y de amarilla sonrisa socarrona. El pozo con la roldana chueca, con el buje desgastado y el eje flojo que chirría, sufriente cuando el balde sube, alegre cuando baja. El balde que baja y choca contra el agua y el agua negra que titila o refulge y se calma y se azoga como el bleque. El balde que sube y chorrea, labio leporino, los chorros de agua que vuelven al fondo y forman ondas circulares. Ondas concéntricas que se fugan hacia los costados y rebotan en el borde circular del pozo y en su repliegue vuelven a chocar contra las que siguen llegando, y se superponen, y se amplifican o se anulan, y de la incesante suma y resta, suma y resta de crestas y valles, se forma una silueta estable, curva de Lissajous, o un trozo de una parábola truncada, o hipérbola para congraciarse con el hiperarbolado huerto de las monjas que siguen transitando del pozo al huerto del huerto al pozo con sus piecitos dejando huellas inmarcesibles en el barro.

El huerto se cierra con un portón enclenque que las gallinas por respeto no osan traspasar. Pero los ciruelos siguen más allá del huerto. Sus copas impregnan de sombra morada al declive que se fuga hacia el sur. En la frontera, los achaparrados viñedos. Parras, uvas, uvitas, uvita tá tá tá tá, uvitas moscatel para la mistela eucarística. Luego la hondonada agreste, piedras, rocas, cantos rodados, y el río al final de la hondonada. En un pozón del río una colonia de bagres. Una colonia de bagres que no siempre fueron bagres. Cuenta la leyenda que el cardumen de mojarritas del pozón pasaba sus días cazando bichitos ambarinos por las mañanas y tornasolados por las tardes. Sus festines crepusculares, con saltos a los gajos de ingás, se convertían en un ballet que se expandía, se contraía y giraba en tirabuzón para disolverse en la penumbra lunar de los barrancos. Fue así hasta que Once upon a day… llegó al pozón LA GRAN PIRAÑA. A las aterrorizadas mojarritas no les alcanzaba el aliento para escapar de la amenaza macabra. No pasaba un día sin que muchas fueran devoradas por la GP. En los atajos, en los recovecos, entre fuga y fuga trataban de reorganizarse para tomar una decisión. Abandonar el pozón o aprender a burlar a la GRAN PIRAÑA. La de irse del pozón era más tétrica que ser devoradas por la GP. Fuera del pozón se disolvía el cardumen, fuera del cardumen, la vida no tenía sentido, ni chances. No terminaban de reflexionar sobre estas cosas cuando la sombra de las fauces de la GP se proyectaba contra la pared de la cueva y de nuevo tenían que disparar en busca de otros refugios. El cardumen se mantuvo en el pozón gracias a que pudieron desarrollar destrezas para escapar de la GP. Así como en los descansos se pasaba revista de las desaparecidas y se las invocaba dolorosamente, así también hacían un racconto de los distintos despliegues con los que burlaron la persecución de la GP. Con el tiempo el obituario fue cobrando menos trascendencia y más las celebraciones de las destrezas. Siempre en sus horizontes el volver a la superficie, pero sin la zozobra de que eso fuera de vida o muerte. Pero… Once upon a day, otra vez,  la GRAN PIRAÑA apareció muerta. Todo el odio contenido, los dios míos en la boca de los túneles, en los huecos, el acecho del miedo móvil en los montecitos de algas, y fundamentalmente, el recuerdo de las desaparecidas afloraron en las faucecitas de las mojarras para darse un festín con la carne astillada de la GP. Y la comieron. El festín del triunfo duró una gran cantidad de días al cabo de las cuales el cardumen de mojarritas devino en una colonia de bagres.

Colorín.

Después del pozón, la remontada pedregosa, el faldeo ceniciento de la sierra, un pueblito en la colina encerrado sobre sí mismo, pañoletas, polleras plisadas, delantales, adobes, terracotas, cabras y mulas, chimeneas, humos, hatos de leñas, bateas, cobertizos y balidos; más arriba la silueta pardusca, lejana y difuminada de una cadena montañosa, pueblitos aún más ocultos y misteriosos que viven a base de papas y de maíz, huecos en las paredes pedregosas, pircas; por encima los casquetes subrepticios de picos nevados con glaciares que eternizan los secretos genéticos de una familia de MAMUTS, el pico fosilizado de un Kelenken Guillermoi, la carlinga de un Stardusk desaparecido en 1947 y la tinaja mortuoria con la momia de una princesa indígena.

Es otoño y los primeros copos aguachentos pegan en mi ventana.

Sale el sol llueve llovizna nieva por al lado de mi casa. Voy a ver, voy a ver a la cigüeña…

La madrugada es trivial. Todo de este mundo. Un carro cartonero en la calle. Las herraduras del caballo clapean en el adoquín. El hombre en el pescante asigna misiones a sus perros. Lamento que no haya tormenta. Un refucilo a contraluz le hubiera dado un toque hierático a su silueta. Los cinco perros flanquean al carro cual diligentes guardaespaldas. Van y vuelven de las veredas a los montículos, llegan a las esquinas, observan, regresan, husmean en cada tallo de los árboles. Mean. Aquí estuve Yo. Por supremacía numérica disparan a cualquier Lee Harvey Oswald canino que acechara en las cercanías.

Después se hace silencio

veo mi reflejo morado en el vidrio de la ventana.

Así es mi departamento

 

 

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