En el movimiento de las olas del mar avanza algo más que el mar. En el estremecimiento de las hojas tiembla algo más que el viento. En el brillo de los ojos de la mujer viva que amamos reluce algo más que que el reflejo de la lámapara o la simple reverberación del sol. En la eclosión de las flores florece algo más que el órgano genital que despliega y luego esparce su reproducción en la estación futura, que ellas desconocen en el momento en que se abren y ofrecen sus colores.
En los libros que han compuesto los hombres muertos, no son los muertos quienes están al acecho como fantasmas temibles, sino un incalificable rasgo de vivacidad, una resurrección entre la alegría y el dolor y que está en la frontera de la vida, que persiste, no termina, sino que prosigue, se tiende y se orienta. El precipicio del abismo no llega a lo vivo que es su fruto sino como manera de vivir, como síntoma imprevisible. Y no como manera voluntaria de actuar, no como un arte.
La crueldad del llamado en el seno del cual existimos, según una corporalidad precaria y en la forma de una identidad aún más inestable, manifiesta algo indecible (más impetuoso que el nacimiento gimiente de los mamíferos) y una destrucción más indecible (no subsumibel por la simple letalidad) . Ya no son solamente las grietas del pan lo que muestra las fauces abiertas de las fieras; otro ícono de Marcus afirma que las olas rompen, provenientes del fondo de los tiempos, anteriores a la tierra, que se alzan por encima de la arena de las playas, que se abalanzan sobre las que ya están retorcediendo, son mandíbulas.
*
Cuando una sociedad está a la espera del acontecimiento que puede extinguirla, cuando el miedo, el desamparo, la pobreza, la desherencia y la envidia de todos contra todos han llegado a un estado de madurez, comparables al de los frutos bajo el calor, una expresión secreta y ávida aparece en la mayoría de los rasgos de los vivos que se encuentran por las calles de las ciudades que son las nuevas selvas. Los rostros que nos rodean cargan con esa tristeza y manifiestan ese silencio que se extiende. Ese silencio, a pesar de la Historia, es decir, a causa del mito de la Historia, sigue siendo ignorante de su ´ferocia´ Las sociedades occidentales están de nuevo en ese estado de terrible madurez. Están en el límite de la carnicería.

Pascal Quignard – Fragmento de “Retórica especulativa”

Imágen: Serie “Duermete niña, duermete ya” Gabriela Piccini

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